Posteado por: Alvarolopez50 | mayo 18, 2010

Reina tras bambalinas… Soledad Silvestre

Jacinta la vio llegar secundada por quinientas carrozas. El sirviente abrió la portezuela del coche. Y el pequeño pie de Isabella asomó vestido en seda de Pekín. Un destello salió de la hebilla de zafiros y las dos suspiraron a un tiempo: una por lo incómodo de aquel zapato, la otra porque nunca había visto de cerca una piedra así.

Jacinta era actriz, adoraba serlo pero le pesaba: siempre andar entre vagabundos porque la actuación no se pagaba bien por aquel tiempo, y vestir disfraces suntuosos pero pasados de moda, ajados por el tiempo y sucios hasta la indecencia.

Admiraba a su reina, Isabella.

Y actuaría esta vez para ella.

Vio los rostros de las damas escondidos tras los abanicos y las finas confituras sobre las mesas servidas en porcelana oriental. Y tanto deseó aquello que, desconcentrada, ofreció un pésimo acto.

La reina, sin embargo, reconoció en su mirada la causa de su distracción: ella misma muchas veces añoraba calzar otros zapatos, acaso más sencillos pero confortables, como los que Jacinta llevaba. Así que la aplaudió vivazmente. Pero fue la única. Jacinta salió llorando del salón, desesperada.

─¡Eso, mi amor! ─gritó el rey cuando la vio a Isabella corriendo detrás de ella─ ¡Ve a exigirle que nos devuelva la paga! ─y Jacinta escuchó, a lo lejos, la risa de los invitados.
─Su Alteza…─ se disculpó Jacinta cuando la vio ─Yo no…

Pero Isabella estaba tan excitada que no la dejó hablar: «Será el papel de tu vida», le dijo. Y las dos se alejaron, del brazo, por los jardines reales.

Antes de entrar al salón, Jacinta se miró el vestido magnífico y pomposo: sus bordados en oro, sus ribetes, sus tules, sus lazos y sus moños la hicieron sentir como una reina. La puerta se abrió y ella avanzó, elegante y graciosa.

El rey la miró absorto, pero dejó que se sentara a su lado.
─Veamos el segundo acto ─dijo con voz de reina. Nadie se atrevió a contradecirla.

Y entonces Isabella salió a escena: se movió sin pensar en la mirada ajena, atenta sólo al juego de no ser, por fin, Su Majestad. Tocó la clave deliciosamente, cantó con el vigor de un mirlo y recitó las coplas con fervor.

El silencio llenó la sala cuando el acto acabó. Y entonces Jacinta caminó, y eran sus pasos tan regios que ya nadie dudó de su talento. Se ubicó junto a ella.

Tomadas de la mano, compartieron felices la ovación: el público aplaudió rabiosamente aquella noche.

Soledad Silvestre

Gracias a Soledad Silvestre por tan bello cuento, que emana de su “Huerto de Mercedes” a donde invito a mis sobrinos, ahijados y adherentes a expulgar un viaje al sitio de SOLE

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: