Posteado por: Alvarolopez50 | julio 19, 2010

Machado… La Mujer del Cuadro!!!

La mujer del cuadro (The Woman In The Window), Fritz Lang, 1945.

La Mujer del Cuadro FRITZ Lang...

“La carne es fuerte pero el espíritu se resiente.”
Nos encontramos ante una de las grandes obras cinematográficas de la década de los cuarenta. Un monumento, una bandera de sombras que se alza imponente ante nuestras retinas y nos aplasta contra la butaca. En lo que a hacer cine se refiere, pocos ejemplos podemos encontrar a la altura de esta maravilla que Fritz Lang erigió ante nosotros en el año 1945.

La mujer del cuadro no es otra cosa que un despliegue de inteligencia fílmica; que una sucesión de imágenes tenebristas que nos conducen entre sueño y vigilia para desentrañar, así, los ocultos mecanismos de la mente humana. Estamos ante la puesta en escena de las teorías psicoanáliticas de Freud. Una investigación sobre el sentimiento de culpa, el trauma sexual y la importancia del sueño para la comprensión de los comportamientos del ser. Lang nos presenta a un individuo, un reputado profesor de psicología acomodado y culto que goza de una estabilidad familiar y económica envidiables. El profesor Ricard Wanley (interpretado magistralmente por Edward G. Robinson), sólo en la ciudad por unos días, se enamorará, como si del cuento de Poe se tratase, del retrato de una joven que encuentra en un escaparate próximo al club de caballeros en el que está citado con dos amigos. Tras pasar una agradable velada en compañía de sus camaradas y tomar unas copas de más, Wanley conocerá a la modelo que posó para el retrato que tanto le fascinó. Tras entablar conversación con ésta (Joan Bennet) accederá a acompañarla a casa donde se topará con su celoso amate. Ambos se enfrentan en una lucha desenfrenada que acabará con la muerte del ofendido. Aunque el crimen ha sido en defensa propia, ambos deciden deshacerse del cadáver y ocultarle el crimen a la policía por temor a las repercusiones sociales. Todo parecía estar perfectamente planeado pero la victima resulta ser un famoso hombre de negocios y no tardarán en ser chantajeados por su guardaespaldas. Los acontecimientos se precipitan y obligan a la pareja a improvisar sobre la marcha para no verse relacionados con el crimen. Finalmente, el profesor Wanley se despertará en un sillón del club dándose cuenta de que todo ha sido una pesadilla.

Después de esta breve sinopsis sería interesante profundizar algo más en el universo tenebroso que nos ofrece el vienés. Uno de los sucesos fílmicos de mayor importancia en la película es el asesinato del magnate pero sería bueno verlo como algo más que un simple detonante narrativo. Más allá de los hechos, de la superficie, se pueden cuadrar diferentes simbologías sexuales. El apartamento de la mujer no es ya un apartamento tanto como un templo a la ebria feminidad. Si nos paramos a investigar, permítase el juego a nuestra condición de espectadores, como detectives de ojo inquieto en la escena del crimen desvelaremos rápidamente el interés expresionista que Lang muestra por la arquitectura. Curioseemos en la decoración hasta deducir la muerte de las aristas, de la línea recta y las superficies planas. Contemplemos en su barroquismo los cuadros y las fotografías, las siluetas y las sombras que cuelgan de las paredes para darnos cuenta de que en ninguna de las imágenes se intuye la figura de un hombre. Las formas curvilíneas que pueblan el lugar son muchas: jarrones esféricos de cristal como vientres fértiles en los que crecen flores, estatuillas, alfombras de largo pelo y sábanas de seda que se despliegan como húmedos estanques. El crimen no se comete en una simple habitación, se comete en un lugar donde se rinde culto a la vagina. Indaguemos más, busquemos el arma del crimen. No podía ser otra, no un revolver o una navaja. La simbología de las armas en el cine de tendencias freudianas es determinate, películas como Gun-Crazy (Joseph H. Lewis, 1950) o The Big Heat (Fritz Lang, 1953) lo han demostrado. Las tijeras son el arma más ambigua de cuantas se hayan podido escoger; son el único arma capaz de simbolizar ambos sexos. Cuando el personaje interpretado por Joan Bennet las coge del cajón tiene en sus manos una clara alegoría del sexo femenino mientras que cuando, tras dudar, se las entrega a Wanley pasan a ser un instrumento fálico. Todo esto puede dar lugar a varias lecturas diferentes. La primera de ellas es que el motivo por el que ambos cómplices (instigadora y ejecutor) deciden no avisar a la policía es, más que el miedo a la repercusión social, la certeza de que el crimen tiene un móvil puramente sexual más allá de la propia defensa. Wanley, poco antes de conocer a la mujer del cuadro, hablaba con sus amigos (médico y fiscal) de la necesidad de aventura que sentía al encontrarse aburrido y viejo ante un panorama de vida familiar y laboral sólidamente asentado. Por otro lado, ella como una depredadora se agazapaba a la espera de que una presa mordiese el anzuelo frente a su retrato. Aflora, sobre todo en el profesor, un sentimiento de culpa nacido tanto del asesinato como de haberse dado cuenta de qué había cometido al dejarse llevar por el lado más oscuro de su condición. Wanley se siente culpable por haber transgredido la moral represora a la que se siente ligado. Esta moral está claramente representada por la institución de la familia y reforzada por el hecho de no poder escribir la carta a su mujer, otro indicio claro es la lectura de un texto determinante para la construcción de la cultura judeo-cristiana, El Rey Salomón. Más tarde, Wanley se verá enfrentado a un nuevo personaje exento de consideraciones morales y castraciones, a una fiera intuitiva y salvaje, el chantajista. Este personaje simbolizará la oportunidad del viejo profesor de poder redimir sus actos en defensa de la moral que él mismo había transgredido. Al final, cuando fracasa en su intento de asesinar al monstruo, cuando se da cuenta de que su culpa permanecerá irredenta, Wanley decidirá suicidarse para terminar con una carga moral que no puede acarrear.

Pero parémonos a reflexionar un momento. Reflexionemos sobre las implicaciones de la planificación del segundo crimen. Más allá de lo que puede parecer un acto de supervivencia podemos descifrar una lucha sexual entre ambos cómplices que pujan por el dominio. La relación entre los dos personajes empieza dominada por ella, instigadora del asesinato que bien podría haberle quitado de encima al agresor pero que, sin embargo, decide mantenerse pasiva y fría contemplado cómo a este no le queda más remedio que apuñalarlo. Más tarde se quedará con su chaleco y su bolígrafo para limitar las decisiones de Wanley. Pero será en el segundo homicidio cuando Wanley invierta las tornas y pase a ser instigador en lugar de ejecutor. El procedimiento será el mismo, él le entregará el arma a ella (en esta ocasión un potente veneno que no deja huella) mientras que ella será la encargada de la ejecución del crimen. Independientemente de que este plan se vea frustrado, será el profesor el que se convierta en instigador y cerebro de la pareja. Este es un hecho que no sólo viene determinado por el dominio sexual entre uno y otro, hay factores externos que influyen notablemente y que condicionan la relación. El primero de los condicionantes es que es Wanley el que ve su vida amenazada, el segundo es que la mujer será la víctima directa del chantaje. Por otra parte, considero digno de reseñar el lugar que Lang elige para la planificación de este segundo homicidio. El lugar no es otro que el rellano de un piso en un edificio público, un lugar de tránsito donde nadie se conoce y en el que ambos personajes discuten entre ascensores. Lang crea una atmósfera de tensión en un lugar que bien podría calificarse como un limbo moral en el que la acción aún no es más que teoría. Un lugar en el que la decisión no está tomada y en el que los cómplices pueden aún decidir que ascensor tomar. Arriba o abajo, poner en marcha el plan o dejarlo en el tintero eximiéndose así de toda culpa.

El uso de la mano izquierda es una de las sutilezas que Lang utiliza para referirse al inconsciente que domina a Wanley durante el sueño y que continuamente le traiciona haciéndole parecer sospechoso ante los investigadores. Sobre las huellas, la moneda que se cae en el charco del peaje y otros detalles que hayan sido desapercibidos se podrían escribir páginas y más páginas pero el formato lo impide. Dejo en manos del lector cuestionar todo lo aquí expuesto o simplemente matizar y ampliar el texto.

Alejandro Sánchez-Garrido (Miembro de icarus)

Algunas lecturas recomendadas:
– Psicopatología en la vida cotidiana, Sigmund Frued, Alianza, Madrid, 2000.
– La interpretación de los sueños, Sigmund Freud, Alianza, Madrid, 2000.
– El malestar en la cultura, Sigmund Freud, Alianza, Madrid, 2000.
– Historias extraordinarias. El retrato oval, Edgar Allan Poe, Akal, Madrid, 1997.
– Fritz Lang: Su vida y su cine, Fernando Méndez-Leite, Daimon, Madrid, 1980.
– Fritz Lang, Quim Casas, Cátedra, Madrid, 1991.

Anuncios

Responses

  1. Edward G. Robinson, Joan Bennett, Raymon Massey, Edmund Breon

    El profesor Wanley de la Universidad Gotham y sus amigos comienzan a obsesionarse con el retrato de una bella muchacha en el escaparate contiguo al club en que se reúnen. Wanley conoce a la mujer del retrato y acepta su invitación de ir a su apartamento, en donde sucederá un trágico incidente.

    En mi opinión la elegancia es algo que se está perdiendo en el cine y por qué no decirlo también en la vida. Es una pena, pero siempre quedarán los clásicos negros de intriga, como éste.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: