Posteado por: Alvarolopez50 | diciembre 13, 2010

¿Cómo podría ser gobernable Guadalajara?

Atrevimientos Héctor Raúl Solís Gadea

En la entrega del pasado 22 de noviembre afirmé que el área metropolitana de Guadalajara carece de gobierno y va a ninguna parte. No posee suficiente capacidad de decisión: las voluntades aquí asentadas –de sector económico, grupo político, ámbito ciudadano y organismo civil– no convergen en propósitos de valor público.

La prueba de lo anterior, además de su consecuencia, es que en las últimas décadas hemos desatendido problemas cruciales y hoy nos ahogan varias situaciones de crisis: el transporte colectivo, la vialidad, la protección de los recursos naturales y la contaminación, el equilibrio urbano-social, la seguridad pública, el abasto y el saneamiento del agua, el desvanecimiento de la cohesión cívica, así como la pérdida de lazos de pertenencia de nuestros jóvenes y la falta de un mínimo de bienestar para todos los tapatíos.

Intenté explicar esta circunstancia con la metáfora de que Guadalajara es un leviatán urbano: una mezcla de concentración geográfica de poder, población e infraestructura, combinada con autoridades públicas fragmentadas, y con codiciosos intereses privados sobre el territorio. Es un sistema político monstruoso y deforme, compuesto de varias cabezas y cuerpos –el gobierno estatal, seis alcaldías, las delegaciones del gobierno federal, las dirigencias de tres partidos poderosos y las organizaciones estatales de las clases empresariales– afanado en reproducir los poderes económicos que lo alimentan.

Egoísta e insensible, el monstruo poco hace para favorecer a los moradores tapatíos. Por encima de las necesidades de vecinos, ciclistas, transeúntes y jóvenes, privilegia las oportunidades de constructores y empresarios, las cuales suelen ser incompatibles con el equilibrio social de las áreas habitacionales. Un ejemplo: las colonias-dormitorio de Tlajomulco compuestas de pequeñas casas hacinadas localizadas en terrenos alejados cuya venta produce altos rendimientos financieros. No existen allí suficientes servicios comunitarios como escuelas, parques, canchas deportivas, hospitales, iglesias, vialidades y rutas de transporte. El resultado: verdaderas bombas sociales de tiempo y espacios desolados en los que campea el sufrimiento colectivo y se ausenta la esperanza.

Los cuerpos y cabezas del leviatán tapatío se devoran entre sí. El fracaso de la Villa Panamericana alrededor del Parque Morelos, la cancelación del proyecto Puerta Guadalajara, la indefinición sobre el tipo de transporte colectivo a establecer, y la imposibilidad de sacar adelante la vía exprés (más allá del carácter adecuado o no de estas propuestas) son algunas muestras de la conflictiva esterilidad del leviatán tapatío.

¿Qué hacer para que Guadalajara sea gobernable? Es necesaria una reforma institucional que habilite autoridades únicas donde se requiera e impulse una mayor representatividad para los actores sociales involucrados y muchas veces excluidos. Más decisión y mejor representación sintetiza la fórmula que precisamos. No son conceptos excluyentes sino complementarios.

Tenemos que diseñar una mixtura no contradictoria entre concentración eficaz del poder y localización horizontal de la capacidad de influencia civil en el gobierno. Urge que la zona conurbada se gobierne de acuerdo con una visión metropolitana coherente; pero también apremia construir una voluntad armonizada mediante argumentos racionales y negociaciones inteligentes capaces de atender el interés general, sin que ello signifique que no se realicen negocios legítimos y legales.

Estas reformas implican cambios en el orden constitucional de la nación. Es algo que se ha venido aplazando. Entre las reformas del Estado están pendientes la posibilidad de crear nuevas demarcaciones de autoridad territorial ubicadas entre los municipios y el gobierno estatal, así como también, por mencionar las más importantes, la ampliación de los periodos de gobierno municipal y la reelección de los alcaldes.

Mientras esto ocurre nuestras autoridades no pueden quedarse con los brazos cruzados. Gobernar no es imponer; es coordinar voluntades y buscar los recursos de autoridad, legitimidad y apoyo civil, allí donde residen: en la propia sociedad y sus sectores organizados. Los alcaldes no podrán convertirse en interlocutores de los intereses vecinales de sus ciudadanos (ante el gobierno estatal y otros factores de poder económico y político) si no acuden a ellos y entablan una nueva relación, más horizontal, de diálogo, de mutuo entendimiento y concertación. Sólo así se dotarán de autoridad para decidir. Es un paso fundamental, el primero de muchos, para comenzar a hacer gobernable el área metropolitana de Guadalajara y darle rumbo.

Los alcaldes del área metropolitana de Guadalajara podrían tomar las decisiones que requiere nuestra urbe si realizan cuatro acciones cruciales: 1) Ampliar los intereses sociales que representan y procurar que los ciudadanos adquieran verdadera capacidad de acción política. 2) Proponer una visión de ciudad, concebida como espacio de solidaridad e inclusión social, capaz de propiciar el sentido de pertenencia de los sectores mayoritarios. 3) Formular un proyecto de desarrollo urbano consistente, que enfrente los problemas y aproveche las oportunidades de cada municipio. 4) Acordar un diseño metropolitano general que integre, en un todo armónico, el desarrollo de los municipios conurbados.

1. Dotar de poder a los ciudadanos y ensanchar los intereses sociales abanderados por las alcaldías implica reactivar las asociaciones de vecinos y los consejos de planeación, procurando la autenticidad de su representación, así como reconocer la diversidad de organizaciones civiles orientadas a los temas urbanos. El Parlamento de Colonias, el Congreso Ciudadano, el Consejo Ciudadano de Movilidad Metropolitana, Gdl en Bici, Vecinos Unidos de Chapultepec, Ciudad para Todos y un interesante etcétera de expresiones de acción colectiva, constituyen espacios naturales de interlocución para los alcaldes. Dialogar con vecinos y residentes, conocer sus necesidades, hacer compromisos mutuos alrededor de proyectos específicos, y conseguir su participación en los programas municipales, son algunos objetivos de una estrategia que debe ir más allá de las visitas de funcionarios a las colonias para pintar machuelos o recibir quejas.

2. Crear un Estado local de bienestar que brinde servicios sociales a la población (salud, educación, cultura, apoyos a la juventud y la tercera edad, atención a la niñez y a las mujeres, transporte digno, protección a grupos discriminados…). El poder se construye de abajo hacia arriba. Una base social amplia, identificada con su municipio y su ciudad, es clave para dotar de autoridad efectiva a los alcaldes. Se trata de un componente de autoridad plebiscitaria: la aclamación popular de los alcaldes, por su compromiso con la ciudad, les permitiría traducir su capital electoral en poder de convencimiento frente a los intereses particulares de manera que realicen lo que conviene a la urbe. Los alcaldes pueden negociar con éxito frente a otros poderes sólo si cuentan con una correlación de fuerzas favorable; de otra forma, los municipios se ven nulificados por el poder de algunas agencias de los gobiernos estatal y federal, la influencia de los cabildos (que suelen representar necesidades de burocracias sindicales y partidistas) y la presión de los negocios empresariales que crecen en torno a la utilización del suelo urbano.

3. Hacer un proyecto urbano racionalmente sustentado y sensible a los aspectos sociales. Los municipios deben convocar a la inteligencia para concebir esta visión. Es preciso identificar los seis u ocho problemas clave de cada ayuntamiento y concentrar las energías en su solución. Otra exigencia es explotar las oportunidades que tenemos por delante, por ejemplo, realizar mejor la vocación de Guadalajara por las industrias culturales y los servicios. En este aspecto son necesarios planes compartidos con los sectores empresariales de la ciudad. El soporte de todo proyecto urbano debe ser la modernización de las leyes de uso del suelo, los llamados planes parciales de desarrollo, y los reglamentos que garantizan la convivencia armónica en la ciudad.

4. Diseñar una perspectiva metropolitana que integre un conjunto de acciones relacionadas con todo aquello que afecta a los municipios conurbados. Problemas como la contaminación y el deterioro de los recursos naturales, la inseguridad, el transporte público y las vialidades, la energía y el agua, entre otros, requieren un abordaje que tome en cuenta a los diferentes municipios. Algunas ciudades del mundo establecen autoridades ad hoc para la atención de algunas necesidades. Ése es el caso de la autoridad que supervisa la infraestructura de transporte en la conurbación de los estados de Nueva York y Nueva Jersey. ¿Por qué no establecer en nuestra área un grupo de comisionados metropolitanos encargados de atender determinados servicios o problemáticas? El Consejo Metropolitano de Guadalajara es una instancia diseñada para cumplir este tipo de funciones. Es necesario darle mayor efectividad. En este sentido, podría crearse una conferencia de alcaldes metropolitanos que funcione como ámbito de negociación y diálogo para concretar la visión y gestión metropolitana que necesitamos.

Los alcaldes han terminado un año de trabajo. Están en buen momento para hacer gobernable Guadalajara. Los problemas penden sobre nosotros y por eso motivan el buen juicio, despiertan la voluntad de transformación política y propician el compromiso con el bien público. Son virtudes que nos competen a todos, autoridades y ciudadanos. El destino ya nos está obligando a cultivarlas. Ojalá que sea lo antes posible.

Don Raúl todo esto ya lo hemos inventado, solo que lo dejamos en manos de la administración pública… hay que retomarlo y en forma paralela y en forma ciudadana hay que ejercer de nuevo todo lo que aplica, especialmente en los rubros donde la comunidad (Sociedad propia) toma, ejerce, aplica, hace… sin esperar autorización de nada ni de nadie ya que la acción esta contemplada en nuestra constitución de 1917.

La reflexion es clara contundente… lo mismo expresa Denise Dresser en sus columnas de Reforma y lo mismo se expone por parte de observadores, periodistas, editores y la comunidad de diferentes modelos de sociedades no solo la tapatía y Mexicana… Dejar para después lo que debemos de hacer ahora tiene siempre consecuencias muy lamentables…  saludos feliz año 2011

Saludos al Dr. Raúl Solis Gadea

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Responses

  1. La revolución en curso
    Rubén Martín
    2010-12-16•Acentos

    A los ojos acostumbrados a que la política es únicamente la mezquina actividad que hacen los políticos profesionales, les parece que en este país no pasa nada.

    Que en este país donde impera la corrupción, la gente está acostumbrada a la impunidad; que en este país donde aumentan las cargas de trabajo, los asalariados son agachones; que los pueblos y comunidades indígenas aguantarán hasta el infinito el despojo de sus tierras y recursos naturales; que los jóvenes no harán nada por cambiar su estado de cosas porque ni estudian, ni trabajan, ni se interesan en la política.

    Malas noticias para los de arriba, o para los clasemedieros acomodados que quieren que las cosas sigan tal como están. Los mexicanos están hartos del actual sistema social, están hartos de políticos corruptos, de la clase empresarial que abusa del trabajo de los demás, de los privilegios de los sectores acomodados, de la corrupción, de la impunidad, y de la secular incapacidad de las clases dominantes para cumplir siquiera lo mínimo que ofrecen en sus discursos: alimento, techo, salud, educación y paz.

    Por eso por todo el país se pueden ver miles de pueblos, comunidades, organizaciones, grupos civiles, sujetos individuales que al margen de los partidos y del capital están subsistiendo y construyendo otro tipo de relaciones sociales distintas a las predominantes y en este hacer y construir, van ahondando la crisis del actual sistema social y van construyendo la posibilidad de hacer otro sistema social. Es la revolución en curso.

    Esta revolución no la ven quienes esperan un levantamiento tipo Grito de Dolores de Miguel Hidalgo en 1810 y quienes creen que las revoluciones son como las han vendido en la historia de bronce; un llamado de un caudillo, de un dirigente de las masas. No están ocurriendo así las cosas.

    Estos cambios no están ocurriendo, evidentemente a través de los partidos que son las instituciones más caducas e inservibles de las que tenemos hoy por hoy; pero tampoco están ocurriendo en el asistencialismo de las ONG´s debido a que regularmente usurpan la representación a quien dicen ayudar; es un cambio que tampoco queda registrado en los medios pues la mayoría únicamente miramos hacia arriba y nos entretenemos en las crónicas del poder y no en las variadas formas en cómo resisten y pelean los de abajo.

    Quien lo dude, debe enseñarse a mirar abajo, a encontrar las formas particulares de esta revolución en curso.

    Y, por ejemplo, se daría cuenta de la intensidad y la variedad de las resistencias y peleas que hoy por hoy ocurren en Jalisco y en esta ciudad. Esa mirada contradice la extendida y falsa apreciación de que aquí no pasa nada que los “apatíos” nos tragamos todo. No es así; sólo algunos.

    Pero hay otra manera de mirar la inconformidad, hartazón y revolución en curso. Las cifras de la necesidad del cambio social que demandan los mexicanos: según una encuesta de El Universal (20 de noviembre 2010), 52 por ciento de los mexicanos estima que el país está peor ahora que en 1910; 47 por ciento cree que el país está estancado, frente a 24 por ciento que cree que todavía se puede mejorar; la mitad de la población, 49 por ciento, cree que no se están dando los cambios que el país necesita.

    Los datos más interesantes vienen enseguida: 96 por ciento de los encuestados (mexicanos con línea telefónica en su hogar) considera que hacen falta cambios profundos en el país, frente a 3 por ciento que no hacen falta cambios profundos. Me parece que en las cifras de esta respuesta son una radiografía de la polarización social que hay en el país: 96 de cada cien quieren cambios profundos, únicamente 3 por ciento no lo quieren, es posible pensar que ahí se encuentran los que se benefician del actual estado de cosas que impera en el país.

    Finalmente, 79 por ciento de los entrevistados dice que no estaría dispuesto a acudir a las armas para hacer cambios profundos, pero 18 por ciento sí. 18 de cada 100 personas que dicen sí a las armas para hacer cambios sociales es un dato que revela la extendida inconformidad que existe, revela la revolución que hay en curso. Por cierto, hay más panistas y priistas que perredistas dispuestos a tomar las armas para hacer un cambio profundo en el país.

    rubenmartinmartin.wordpress.com

    ruben.martin@milenio.com

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