Posteado por: Alvarolopez50 | julio 23, 2011

Nos nos escuchamos….

Acceso a una referencia obligada "El Arte de saber escuchar"

¿Por qué no nos escuchamos?

Por Guadalupe Loaeza

(23-Jun-2011).-

La semana pasada ofrecí, en este mismo espacio, examinar con más detalle el tema de la escucha. Para ello, platiqué largamente con mi amiga Marina Castañeda, que acaba de sacar, precisamente, un libro titulado Escuchar (nos), de editorial Taurus. Según Marina, se trata de un tema mucho más vasto que va más allá de la sicología individual y que se ha vuelto un verdadero problema social de nuestra época.

Hemos observado que, últimamente, todo el mundo se queja de no ser escuchado: las mujeres se quejan de que los hombres no las escuchan, pero también viceversa; los jóvenes se quejan de los adultos, pero también viceversa; y los ciudadanos nos quejamos de que el gobierno no nos escucha, pero también nuestros gobernantes se quejan de que no les hacemos caso.

“¿Qué es lo que está sucediendo?”, le pregunté a Marina Castañeda, a lo que respondió: “La primera regla, si quieres escuchar a alguien, es saber callarte. Parece sencillo, pero es muy difícil para mucha gente. Nos gusta escucharnos a nosotros mismos, damos por sentado que nuestro punto de vista es el más novedoso, interesante e importante. Esto significa que estamos viviendo, cada vez más, en un diálogo de sordos, o en un mundo de monólogos. Esto es por supuesto nefasto para la democracia, porque cancela de antemano toda posibilidad de debate”.

Más adelante, Marina me explicó en qué consistía la segunda regla de oro: “Si quieres escuchar a alguien haz una cosa a la vez. Ya está muy demostrado que el multitasking no funciona. Sólo podemos poner plena atención en una cosa a la vez. Hacer varias cosas al mismo tiempo implica hacerlas parcialmente, o sea, mal: se afecta la concentración, la atención y la memoria. Si quieres escuchar a alguien no puedes a la vez checar tu correo, contestar tu celular, ver el noticiero y comer un sandwich. Porque la escucha no sólo implica plena atención, sino también mostrar interés, a través de la mirada, el lenguaje corporal, el hacer preguntas o comentarios sobre lo que dijo mi interlocutor (y no contarle, de la nada, lo que me sucedió ayer en el aeropuerto, por más interesante que me parezca). Además, parte fundamental de la escucha es re-cor-dar lo que te dijo el otro y darle seguimiento. O sea, la escucha tiene también una dimensión en el tiempo. Por ejemplo, si tú me dices hoy que estás muy preocupada porque uno de tus nietos está enfermo, me incumbe, cuando nos veamos en tres días, preguntarte: ‘¿cómo sigue tu nieto?’ Si no lo hago, sentirás que no te escuché y tendrás toda la razón”.

He de decir que el tema que aborda Marina en su más reciente libro, Escuchar (nos), me interesa particularmente, porque es una de mis mayores dificultades en la vida. Confieso que no sé escuchar. Quizá se deba a que vengo de una familia de nueve hijos en la que todo el mundo hablaba al mismo tiempo, recuerdo que padecía mucho porque sentía que nadie me escuchaba, y que por lo tanto tenía que hacer un esfuerzo extra por hacerme escuchar. Como consecuencia, interrumpía constantemente, hablaba mucho y a gritos. Finalmente, en mi familia, nadie escuchaba a nadie. Por añadidura, ahora que soy adulta, estoy acostumbrada a hacer muchas cosas a la vez: en una conversación, suelo contestar mi celular, checar mi correo, mandar un tuit y seguir platicando con mi marido; de allí que Enrique se queje constantemente de no ser escuchado. Te lo acabo de decir, Guadalupe, es que no me escuchas, exclama con frecuencia y yo me siento terriblemente culpable.

Marina suelta la carcajada y comenta: “No es casualidad que tanta gente se diga desmemoriada. No se trata de una epidemia de Alzheimer; lo que pasa es que, en efecto, la gente ya no recuerda nada porque su atención, su concentración y su memoria están dispersas en demasiadas cosas, es por ello que ya no recordamos nada”.

Al final de su libro, Marina habla de la trágica desaparición del si-len-cio. He allí un tema que también me obsesiona, el silencio. “El silencio se ha vuelto, como todo bien escaso (como el agua limpia o el aire puro), una mercancía de lujo: cuesta muy caro. Si quieres tener un departamento silencioso tienes que ser millonario; si quieres pasar un fin de semana en la playa, en silencio, tienes que pagar una fortuna”.

Ambas nos miramos con tristeza y Marina prosiguió: “El silencio fue durante muchos milenios parte de la condición humana. Era un espacio privilegiado para la introspección, la ensoñación y para la intimidad compartida. Hoy hemos perdido este espacio”.

Curiosamente, a lo lejos escuchábamos una patrulla, el carrito de los camotes y al vendedor de los tamales oaxaqueños. ¿Qué hacer en esta ciudad tan ruidosa y tan frenética?

Me quedé pensando si Felipe Calderón no compartirá con todos nosotros estas dificultades para escuchar, no en balde una de las constantes quejas del poeta Javier Sicilia ha sido: “¡Felipe Calderón no escucha!”. Como dice Marina Castañeda, hay muchas otras barreras a la escucha, como pueden ser la personalidad, los mecanismos de defensa, el narcisismo y las relaciones de poder.

Si quiere usted saber más sobre el tema, le recomiendo el espléndido libro, muy accesible y didáctico, de Marina Castañeda.

gloaeza@yahoo.com

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